Del génesis al apocalipsis

Por José Ignacio Mena

22/01/2020

De la nada se hizo la luz y el sonido de mi propio llanto. Aparecieron donde nada había, el calor de María y de José, que pasaron a ser mis padres a mi imagen y semejanza. Y a lo lejos se hizo el cielo sobre la tierra, como poco a poco la luna y las estrellas. Con el tiempo creé un edén de árboles que nunca antes había existido, con pájaros, ríos y montañas; mi pensamiento, cada vez más complejo, necesitó entonces la ley de la gravedad y la creé, también la fotosíntesis, los peces grandes y los chicos, los campos magnéticos, la termodinámica, los alimentos y la conciencia de la materia que daba forma a mi propio ser. Con cada cosa que creaba, aparecían nuevos retos y nuevas ideas para explicarlas, para justificarlas y dar pie a todas las creaciones necesarias.

Cuando de mi paraíso había escudriñado cada rincón y las feromonas me mostraron a mi media manzana, nos expulsamos de la zona de confort, aparecieron los maestros, que ordenaron y razonaron las consecuencias de mis propias reglas y les pusieron nombre a las cosas, a los números y a las letras, a Pitágoras, a Cervantes, a Louis Pasteur, a Édison y a Lorca.

Este proceso duró mucho tiempo y generaba tanta información que me ví obligado a diseñar neuronas cerebrales para contener la ingente amalgama de reglas que definen el proceder de las cosas y a las propias cosas.

Conforme mi conocimiento llegaba al horizonte, este se alejaba definiendo un nuevo infinito. La tierra se llenó de habitantes donde nadie había con tan solo pensarlos, y miré al cielo profundo sin principio ni fin.

Como de la luz y la sombra nació la ira, el rencor, el hambre y el odio; aunque también el amor, el apego, la risa y los sueños.

Se hablaba de una inmensa población que habitaba la tierra de la que solo supe que se hablaba de una inmensa población que habitaba la tierra. Toqué gente que nacía, que existía y moría en mi tiempo, aunque otros muchos nacieron y murieron sin existir, solo supe de algunas huellas y algún legado; yo jamás veré mi muerte.

Todo lo que ignoro, no existe; ni hubiera existido si nunca lo hubiera escuchado, sentido, imaginado o visto; y fui creando el mundo que sabía, interactuando, entremezclando mis ideas, la imaginación y mis reglas:

La competición surgió de la envidia y los buenos pelearon contra los malos que veían malos a los buenos.

La razón se desdijo ante la enrevesada justicia perdiendo el juicio entre resquicios y mentiras.

La gula le dio migajas a la hambruna para liberar su amarga y vomitiva conciencia y retozó sin escrúpulos en la miseria del paupérrimo.

Los falsos humanistas del alma dejaron morir al soldado y ahogarse al trashumante haciendo oídos sordos a las bombas que, atronando, destruían sus sueños y sus techos provocando la huida en desesperada estampida.

Hizo el macho inferior a la hembra, al esclavo, al pobre, al trabajador por cuenta ajena, al analfabeto y al discapacitado y de ahí nació la lucha necesaria.

Regando las vides con agua se convirtieron en vino; se mecanizaron los panes y se cultivaron los peces, permitieron multiplicar los alimentos; la investigación científica salvó a Lázaro de la muerte y con antibióticos se curó la lepra.

De la complejidad, el miedo y la urgencia por buscar culpables surgió Dios. Luego puse, en mis pensamientos pretéritos, la tierra plana en el centro del universo para visualizar la evolución de la ciencia. Doté a los hombres que conocía de distintas inteligencias para apreciar el avance social y descubrí así la terquedad de los alienados.

Alunizamos para mostrar desde allí lo pequeña que es la tierra, la mente, el hombre y la humanidad completa.

Miramos hacia un nuevo planeta, para cuando la tierra esté muerta que se pueda esconder la mano que tiró la piedra, a años luz de distancia, lejos de la culpa y la vergüenza.

Cuando parecía que el átomo era lo más pequeño miré a los quarks a los neutrinos y a los bosones, pero no podía estar ahí el infinito de lo pequeño y aparecieron nuevas reglas para la física cuántica.

Y en el séptimo día, en el apocalipsis descansaré, me declaré inocente en mi juicio final, todo lo que pasó tenía que pasar para ser como fue.

Así llegará el fin del mundo, también de lo que supe, de lo que tuve, de lo que creí y de lo que vi. Con mi fin desaparecerá el tiempo y el pensamiento, las dudas, las guerras, la memoria, la culpa y el orgullo; se extinguirá el universo, la gravedad y las partículas elementales, el pasado y el futuro; incluso la insignificante idea de que alguna vez yo hubiera existido.

Del Génesis al Apocalipsis

Etiquetas: , , , ,

Deja un comentario

*