Pensamientos en voz alta

A veces el cerebro nos gasta malas pasadas, bueno a veces no, siempre. La mayoría de la gente (principalmente los que no leerán este post, o los que no leen nada, o nada más allá de los titulares de su Facebook) funcionan en modo automático, son enemigos de aplicar el sentido crítico a sus propias creencias, se dejan influenciar, sin ofrecer resistencia, por su entorno, por la tele, por el político de turno, piensan de forma inexacta porque el cerebro no tiene ganas de conflictos y resuelve las cosas a su manera, sin pedir permiso, sin darnos cuenta y no lo hace con criterios de justicia, de verdad o de libertad sino de supervivencia.

Somos animales gregarios porque serlo nos ha protegido durante la evolución del homo sapiens, pero esta ventaja de grupo conlleva una serie de preceptos aceptados de forma inconsciente que, si no nos paramos a reflexionar sobre su incidencia, toman las riendas de nuestra vida. Existen, bien definidos en psicología, uno de estos preceptos o errores del cerebro, llamado efecto de arrastre, que nos hace admitir la opinión dominante en nuestro entorno social de confianza, como buena. Pensar como piensa el grupo a que pertenecemos o queremos pertenecer nos hace sentirnos parte de él y conseguimos así cierto grado de seguridad que nuestro cerebro prefiere a la sensación de disconformidad o desacuerdo.

También somos, y esto lo vemos mucho en estos días en los que el gobierno va tomando medidas drásticas que merman algunas de nuestras libertades fundamentales, víctimas de otro sesgo cognitivo, el efecto retrospectivo; tendemos a creer que los eventos que ocurrieron en el pasado eran más predecibles de lo que realmente lo eran cuando se tomó la decisión; a posteriori, conociendo los resultados, todos podemos decir sin miedo a equivocarnos, que se tenían que haber hecho las cosas de otra forma. Decía el premio Nobel de física danés Niels Bohr, de forma irónica que “Es difícil hacer predicciones, especialmente del futuro”.

Imaginemos cuando había apenas una decena de muertos a causa del coronavirus, si el gobierno hubiera decretado el cierre de las fronteras, la reclusión de toda la población en sus casas y el cese de todos los procesos productivos en prevención de la pandemia; hubiéramos puesto el grito en el cielo, hubiéramos exigido unas medidas proporcionales, hubiéramos criticado su labor. Imaginemos que la sanidad pública hubiera tenido una reserva millonaria de mascarillas y el triple de camas de UCI y respiradores almacenados en previsión de un posible virus. Hubiéramos pensado que eso era un derroche y que el gobierno que lo propusiera derrochaba recursos mientras descuidaba otros aspectos más importantes lo hubiéramos tachado de alarmista y derrochador. Si lo hicieran los de tu partido, los irreflexivos del otro lado serían críticos y si lo hacen los otros tú serías igualmente crítico. Otro fallito de nuestros cerebros, que se llama sesgo de confirmación, nos hace preferir las noticias, aunque sean falsas, que apoyan nuestro criterio, aunque esté equivocado y desprecia así cualquier razón que se pudiera acercar más a la realidad.

De cualquier forma, creo que esta pandemia nos puede mostrar las bondades y miserias del ser humano; cómo unos prefieren salvar el modelo económico y otros el modelo humanitarista, veremos a los que optan por preservar el poder productivo a costa de algunas vidas y los que prefieren desprenderse de lo material por amor al prójimo, descubriremos en muchos, incluso en nosotros mismos a veces, a los que piensan en lo individual y los que se inclinan hacia el bien común. Aparecerá claramente el indolente que busca sacar partido de la confusión, veremos con claridad los fallos del sistema capitalista que laurea el esfuerzo individual y desprecia al perdedor, reconoceremos la ruindad del que hace sonadas donaciones con nombre y apellidos y admiraremos a los anónimos que hacen esfuerzos sobrehumanos en secreto porque quizá creen que lo importante no puede ser el el yo, sino el nosotros. Vamos a aprender a la fuerza que hay cosas con las que no se puede comerciar como la salud, la educación, la alimentación y los servicios mínimos que nos permitan tener una vida digna, que el libre mercado ha propiciado una absurda guerra de negociaciones entre productores y compradores de material sanitario sin parangón. Pondremos en tela de juicio el modelo económico que defiende la ley de la oferta y la demanda y no la equidad de distribución, el comercio justo, el respeto al planeta y el trabajo digno. Igual ahora nos damos cuenta de que somos un solo planeta antes que un conjunto de países.

Cuando esto termine en España, oiremos los gritos de África y de Iberoamérica. Ellos no pueden “disfrutar” de un confinamiento en casa; tienen que elegir, literalmente, entre quizá morir de Covid_19 saliendo a la calle a ganarse el jornal del día o morir de hambre en un confinamiento improductivo y sin ayuda gubernamental.

Cuando esto pase, no servirá de nada lavarnos las manos.

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