Pensamientos en voz alta

“Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas.”
J.M. Serrat

Casi nada será igual después de la crisis del coronavirus, pero qué difícil va a ser explicar todo esto a los irreflexivos humanos que tan solo miran el mundo por un agujerito de nada. He visto a muchos obedientes confinados criticar al presidente del gobierno, a los ministros y a los científicos incluso antes de escucharlos; “de qué habla, que me opongo” He visto gente que por una parte cumplen y alientan el confinamiento, la distancia social y la pulcra limpieza de manos y suelas en un aparente estado de conciencia común y al tiempo simplifican lo complejo y lanzan proclamas de salvación nacional infundadas, ridículas tramas de conspiración global y dan crédito a los memes escritos con letras grandes y voz tajante. He visto a quienes muertos de miedo se disfrazan blandiendo papel higiénico acaparado para no pensar en el apocalipsis y a quienes violan la cuarentena, como si no fuera con ellos para dar un paseo más largo, emboscados a los ojos de la ley. He oído excusas inverosímiles que denotan falta de sentido común, incredulidad, desconocimiento y desapego social.

Ahora, cuando todo esto termine empezará la guerra de responsabilidades, otra vez todos tendrán razón sobre qué se debería haber hecho, una lucha sin cuartel para demostrar a toro pasado, quién se lleva el gato al agua. El marketing político que ya dispara a la línea de flotación del gobierno, volverá a hacerlo para anotarse tantos que se conviertan en votos. Nadie hará una profunda reflexión amiga para registrar los fallos y los aciertos en el libro de las experiencias, ese que es de todos, que no resta y ayuda a construir un mundo mejor…  ¿he dicho un mundo mejor? Creo que antes de hablar de eso, debo definir el mundo al que me refiero y luego ponernos manos a la obra usando el mortero amasado en estos días de confinamiento y miedo.

Cuando hablamos de un mundo mejor, casi todos podemos ponernos de acuerdo. Es fácil imaginar y desear una sociedad próspera, en paz, con alimento, techo y salud para todos, las discrepancias surgen en el método para alcanzarlo. Por lo tanto, y en vista de que ese no es el mundo que tenemos, habrá que construir de mejor manera, un mundo mejor y para eso ahora tenemos nuevos mimbres.

· Sabemos sin duda, de la importancia de tener un sistema de salud público y poderoso, –en este caso de la pandemia, hasta que todos no estemos a salvo, no lo estará nadie; todos es todos, los del primer mundo y los del tercero, los ricos y los pobres, los creyentes y los ateos los rojos y los fachas– y eso, si solo tuviéramos un sistema de salud privado sería inviable. La salud es un bien que nos hace a todos iguales.

· Tenemos que replantear el valor de la ciencia con un importante aumento de recursos públicos a la investigación, y aprender a escucharla, porque tiene más sentido lo que dicen los eruditos, que los brindis al sol, las banderas a medio asta, los rezos universales a todos los dioses del planeta o las obcecadas e interesadas trifulcas políticas.

· Podremos ahora valorar con más atino, la propiedad de lo indispensable como el agua, la electricidad el alimento, las comunicaciones o el hogar, y otorgarle un carácter de protección antiespeculativa, como para la sanidad, la investigación y la educación. Nadie puede ganar dinero con los recursos básicos porque los encarece y limita su acceso. La mejor forma de conseguir la equidad es nacionalizando estos recursos. A la vez entenderemos la insignificancia de los lujos, de lo innecesario y de lo prescindible, de la vorágine de consumo en la que hemos estado inmersos.

· Hemos descubierto como el teletrabajo disminuye la burocracia, ahorra combustible y rehabilita a este planeta infectado también por el virus de la contaminación.

· Podemos pensar ahora más que nunca que en un mundo mejor tiene que haber más abrazos, que son importantes las relaciones sociales, tocarse y sentirse. Hemos comprobado que un videobeso no sabe igual. Que pertenecer a un equipo donde las personas colaboran con lo que pueden, confeccionando mascarillas, imprimiendo en 3D, regalando conciertos por redes sociales, entreteniendo con humor, rebajando el alquiler, practicando el altruismo nos hace sentir que formamos parte de una conciencia global que puede marcar el camino.

· Quizá debamos replantearnos el significado de las fronteras. De nada vale el patriotismo ese de “primero los de casa”, porque hay cosas que atraviesan las fronteras sin permiso y se ríen en nuestra cara.

· Habremos aprendido a devaluar a los que colaboran a bombo y platillo haciendo empresa para luego, y a valorar a los altruistas de alma, que son los que aportan en secreto para que sirva solamente a lo esencial. También sabremos reconocer a los egoístas cobardes que se esconde en su caparazón y a los que reman a contracorriente.

No deberemos dejar, porque mandamos nosotros, que nuestros políticos se enzarcen en una batalla de reproches, nadie convencerá a nadie, solo conseguirán radicalizar cada postura y enfrentarnos a nosotros. Lo hecho, hecho está y tampoco está tan mal para la premura y la complejidad del asunto. Es más, lo malo que se pinta con avalanchas de falsedades y mala fe, con premeditación y alevosía, que lo que la verdad esconde. Si pudiéramos borrar todo lo falso que nos hemos creído, apenas nos quedarían datos para valorar la gestión del gobierno. Pero muchas veces preferimos creer las mentiras para tener argumentos con los que disparar a matar. Decía El dramaturgo George Bernard Shaw, autor de Pigmalión “Cuidado con el falso conocimiento, es más peligroso que la ignorancia”.

La única fórmula para que la crisis económica no nos dañe, pasa por la capacidad del estado para congelarla durante el tiempo que dure. Lo ideal es que nada se pague porque nada se ingresa, pero, aunque así fuera, haría falta un ingreso mínimo para subsistir y en eso está el gobierno ahora, un poco gota a gota, con meditada urgencia y reclamando ayudas a la reticente (des)Unión Europea, pero ofreciendo pautas globales. Se han establecido medidas para paliar la incidencia del no trabajo en la economía, muchas, pero pocas; muchas para un momento complejo, pero siempre pocas para quienes han de sufrir las consecuencias. Muchas porque algo es más que nada, más que nunca y pocas porque podemos oír cientos de anécdotas insatisfechas.

Esta crisis económica que se nos cierne no se solucionará rescatando bancos, ni ejecutando desahucios, congelando las pensiones, recortando en lo básico ni pidiendo austeridad a los que menos tienen, esta vez, que nadie nos puede acusar de vivir por encima de nuestras posibilidades, le toca a los otros. A los Amancio Ortega, a los Botín, a Telefónica, Aena, Repsol, Ferrovial, Endesa, Mercadona, a la mismísima Casa Real y a la iglesia, a cada una de las grandes fortunas, a los amnistiados fiscales, a los que se llevan el dinero fuera para ingresarnos menos impuestos, a los que facturan a España desde paraísos fiscales… ya me entendéis, todos esos que en la crisis anterior se han hecho más ricos.

Esta vez, con lo que hemos aprendido, podremos poner por delante lo humano, lo de la mayoría y despreciar lo que huela a codicia a egoísmo, a explotación, lo que no tenga en cuenta al ser humano primero, al planeta después, y a todo lo que no se piense en clave de bien común.

Los poderosos de este país tienen miedo. Se nota por lo que gritan, por lo que mienten e inventan para manipular la realidad en redes sociales, noticias redactadas a medida del tramposo, preparadas para viralizarse hasta en los medios de comunicación sin filtros, porque saben que vociferar argumentos negativos sin consistencia crea pánico, y el miedo busca refugio en el rencor echándole las culpas a alguien. Al virus no, que por no tener no tiene ni vida; ¿a Dios quizá? no, blasfemia; culparan visceralmente a las estrenadas políticas progresistas y acusarán al gobierno sin juicio y sin defensa.

Por lo tanto, el mundo mejor que ha de renacer de la pandemia, traerá una nueva conciencia fruto de lo aprendido, sufrido y temido. Será equitativo, libre, tolerante y nuestro, de todos a la vez y no de esos pocos de siempre. Ya no aceptaremos la mentira habitual en el gobierno, exigiremos una gestión sumatoria de los partidos que nos representan, aceptaremos solo a un gobierno que merezca también un aplauso a las ocho de la tarde porque se lo estén currando.

Cuando se resquebraja el suelo que pisamos

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