Solipsismo

Por José Ignacio Mena

19/07/2017

  1. «¿Qué es la vida? Una ilusión,
    una sombra, una ficción,
    y el mayor bien es pequeño:
    que toda la vida es sueño,
    y los sueños, sueños son.»

La vida es sueño (1635) Calderón de la barca

Imagina que todo lo que sabes del mundo, de ti y del universo no fuera como creías.
No te has preguntado nunca ¿para qué ocurrieron, como relata la historia, tantas cosas antes de que tú nacieras? y ¿para qué habrá, previsiblemente un futuro maravilloso de coches voladores, tele transportación, alimentos saludables sintéticos, viajes estelares, vacunas contra el cáncer, regeneración medular… si tú no estarás para verlo? ¿No sientes curiosidad por saber por qué has nacido justo en este tiempo, en esta era, en este país y en estas circunstancias concretas y no antes ni después?

Tú eres el único que conoce perfectamente cada rincón de tu vida, el que siente, algunas veces en sus carnes, su propia tristeza o el que siente las mariposas del amor cuando se dan, el que ríe y se siente feliz, el dueño de tu cuerpo, de tus pensamientos. Eres el que toma decisiones que incluso son capaces de cambiar tu propia vida.

Piensa, ya que el pensamiento es absolutamente libre y puedes exprimirlo hasta el punto más insospechado, hasta el infinito, que podemos pensar lo inimaginable sin pudor, descreer todo lo que nos han dicho, mirar por encima, por debajo, por dentro, y podemos desprendernos incluso de la razón y la lógica para explorar un nuevo concepto de la propia existencia.

Imagina por un momento que tu madre no existió hasta que fuiste consciente de su existencia, hasta que tu cerebro codificó ese significado. Barajemos la idea de que nada existe si no hay un cerebro decodificando los impulsos bio-eléctricos que llegan hasta nuestro cerebro desde los sentidos; como ya apuntaba Einstein o Planck y se sostiene en la moderna física cuántica, la materia no es sino energía que vibra a un nivel determinado tal que podemos percibirla por nuestros sentidos, pero no hay materia en un átomo y por lo tanto tampoco en una silla. Algo así como la luz para los ojos; solo apreciamos una determinada amplitud de onda que va desde el rojo al violeta, nuestro ojo ya no es capaz de ver los colores siguientes (ni el infrarrojo, el ultravioleta, ni mucho menos longitudes de onda mayores o menores de estas).

Por otra parte, aparece el concepto de tiempo, aspecto que también debemos barajar en este reto de pensamiento que propongo. Otra vez Einstein, en su teoría de la relatividad general, nos enseña que el tiempo es relativo al observador. Lo que claramente apunta a la necesidad de un sistema que indique que el tiempo transcurre, que por sí solo no tiene valor. Si no hay un cerebro que se percate de que una flor lozana al volverla a mirar está marchita, en realidad no podremos decir que el tiempo pasa, ni siquiera que la flor exista. Para todo es necesario que alguien lo observe, lo perciba y lo codifique en su cerebro; en el tuyo para que exista para ti.

Alguien inventó el color azul y se lo puso al cielo, ideó la profundidad para el mar y la noche, alguien especuló con el estruendo y lo aplicó a las bombas y a la destrucción, alguien creó la música para apaciguar o alentar las entrañas. Quizá tú o quien tú determinaras que lo hiciera.

Pero aún podemos atrevernos a pensar, que nada existe; no existe la materia ni el tiempo, ni el cielo, ni el mar ni la noche ni la música ni nosotros mismos; que todo es una percepción. Todo existe en una forma que conceptualizamos como colores, sabores, sensaciones, recuerdos, sueños, tiempo y espacio, pero realmente no necesitamos que nada exista. Algo parecido a lo que ocurre en los sueños. Cuando soñamos, todo es imaginación y sin embargo nos hacen sentir, sufrir, amar, llorar y disfrutar de la misma manera que en la vigilia, pero sin necesidad de que nada exista.

Quizá la consciencia sea todo lo que existe, y las cosas crees que están porque existes. Y existen sólo cuando eres consciente de tu propia existencia. Yo existo en ti porque tú me has creado, porque eres capaz de interpretar los impulsos sensitivos que se producen en tu cerebro que está representando continuamente mi materialidad, mi actitud y mi forma de ser, incluso la tuya propia.

Atrévete a pensar que quizá naciste de la nada, pero no en forma física, de otra manera –en forma de energía, de consciencia; no sé, de alguna forma inmaterial–, y creaste el concepto de pasado, creíste haber nacido fruto de la fecundación y gracias a la mitosis celular, instauraste la creencia de que todo se debía crear a tu imagen y semejanza y bajo las mismas leyes de la física que tu conocimiento, producido por tu propia razón había determinado. Quizá todo pasa porque tu conciencia contempla la posibilidad de que ocurran situaciones corrientes y habituales; como también situaciones nuevas, inesperadas o incluso mágicas. Cuando dejes de interpretar el mundo, probablemente todo desaparecerá. Nada existía de ti, –ni siquiera el mundo que se crea en tu pensamiento– antes de que nacieras, tampoco existirá nada cuando mueras; puede que nada trascienda a tu existencia. Por lo tanto, si tu existencia y tu percepción es todo, tu existencia es infinita, como la mía; y ambas pueden ser porque en el infinito caben infinitos infinitos. Al fin y al cabo, el infinito incluso, no es más que el concepto de lo inalcanzable, de lo inmensurable, pero no existe en sí mismo.

Durante la vida, podemos ver cómo la gente muere, y lo hace porque nosotros estamos vivos y permitimos esta idea, incluso podemos llegar a creer que ese es nuestro propio destino, pero no, nosotros, tú, no puedes morir en tu vida; aunque sí en la mía, tu sólo puedes imaginar tu propia muerte.

Es probable que solamente existan conceptos en nuestra consciencia como, por ejemplo, en lo relativo a una canción, tendríamos la sensación de que dura un tiempo determinado, a la vez que tenemos la sensación de poder repetir la letra porque tenemos la sensación de sabérnosla y tenemos la sensación de que ya la hemos oído antes. Un conjunto de sensaciones que nos hacen creer que estamos viviendo en un mundo material y en un tiempo lineal. Pero quizá solo somos el infinito, creadores del cielo y la tierra, del antes y el después y de la vida y la muerte. Quizá solo somos dios o nada, solo somos energía pensando pensamientos en un instante infinito.

Todo esto, que parece una locura, es interesante pensar en ello como una posibilidad tan válida como cualquier otra creencia ortodoxa. Ya los antiguos filósofos griegos llamaban solipsismo a esta idea; solo puede existir el propio yo. Es atractivo poder abstraerse de la realidad y relativizar el mundo, convertirse en el simple observador de los propios pensamientos, dándole valor a una única verdad el “cogito ergo sum” de Descartes.

Este pensamiento sirve de base para la creación de muchos credos en los que el solipsista deriva esa omnipresencia a Dios, a la matrix (samsara en el budismo), a la concepción de un universo interconectado, a la existencia del alma, etcétera. Nos atrevemos a poner en manos de otros la creación del universo, la eternidad y el espíritu, pero somos incapaces, usando los mismos argumentos, de radicalizar el subjetivismo y jugar con el pensamiento.

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