Mi mundo sin patria

Por José Ignacio Mena

23/08/2017

Prefiero el modelo educativo de Finlandia, el clima Mediterráneo, los atardeceres de Kenia, la precisión suiza, la fauna del Serengueti, la humildad de los chinos, la economía de Noruega, la seguridad canadiense, las aguas del Caribe… Quiero tener todo esto en un solo país, y así, si acaso, podré estar contento con mis raíces.
Vamos a pensar sobre este concepto ¿qué es un país o una ciudad o un pueblo? Estaremos de acuerdo en que se trata de un acuerdo político, alcanzado la mayoría de veces mediante colonizaciones, utilizando la fuerza, la violencia de guerras de conquistas y reconquistas, sometiendo de una u otra manera a los pueblos indígenas, imponiendo nuevas leyes, nuevos credos y nuevos soberanos. Incluso hoy, mediante democráticas decisiones que emanaran de las urnas, también se trataría de una cuestión política. Cierto es que poco tiene que ver un gallego con un catalán o un japonés con un sueco; pero las cuestiones culturales tampoco conforman fronteras. Nos han hecho creer, nos han inculcado desde niños, que la patria es una condición natural, que nos debemos a nuestras raíces, que formamos parte natural de nuestra tierra, incluso que defender estas alambradas artificiales vale más que la propia vida. Lo hemos admitido como un pilar de la humanidad, como un hecho incuestionable. Pero a veces, alguien es capaz de escapar de este pensamiento erróneo y aportar una visión distinta. Creo que tenemos la obligación de ir más allá, de trascender nuestras propias convicciones y los modelos que nos guían. Debemos ser curiosos, intentar llegar al fondo de la razón, a la pregunta primera.  No dar por sentado nada.

Soy español por casualidad, por haber nacido aquí; pero en un viaje de mi madre embarazada podía haber sido ruso, alemán, sueco o italiano. Pero todos los planetas se alinearon para que la coincidencia quisiera que naciera aquí. Centrémonos en descubrir qué es un país, qué es España. Con una guerra más o menos sería un país más grande o más chico. Nosotros seríamos franceses, portugueses, visigodos, romanos, fenicios, celtas o qué sé yo. Ser patriota es una convención política, artificial, un acuerdo realmente intrascendente

Otra cuestión, que no deja de ser política, es el asunto económico y de poder. Gobernantes y gobernados, grupos políticos, países, comunidades, pueblos, etc. temen perder el control de su economía y sus leyes; exigen su control. De ahí los grupos independentistas que quieren, aprovechando estas fronteras divisorias artificiales, desentenderse del bien común y aferrarse al “ande yo caliente…” Si tienes ideas sobre un buen proyecto de gobiernos, en el ámbito que sea, compártelo y si nadie lo quiere, por algo será. Si tu tejido industrial es más productivo que el de otros pueblos y no quieres compartirlo, quizá te hagas más rico y más desarrollado, pero en detrimento de los territorios que ya no ayudarás. Y no quiero ahondar en este tema más que para recordar a Daniel Viglietti con su “A desalambrar, a desalambrar! / que la tierra es nuestra, / es tuya y de aquel, / de Pedro y María, de Juan y José.” (Oir en Yutube)

Prefiero desalambrar y luchar para que se haga honestamente; me parece más humano, que encerrarse en el separatismo, en la atomización de los pueblos, en el individualismo.

Me duele ver orgullo en los defensores incondicionales de un territorio que toman como suyo en lugar de protectores del planeta de todos. Prefiero ver a gente uniendo esfuerzos, conocimientos y recursos para viralizar lo bueno y condenar la envidia, la codicia y el individualismo interesado. Prefiero la equidad consciente, inteligente, razonada y universal, a la injusticia social descarada y a las constantes excusas partidistas inconsistentes. Prefiero  un planeta sostenible y colaborativo para todos los que nacen inocentes, a un planeta que juega a los dados para otorgar la patria en que te toca nacer

Esto de ser de un país antes que de un mundo no me convence.

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