El pensamiento no tiene límites, a menos que se lo pongas tú.

Por José Ignacio Mena

23/07/2016

(Microrrelatos)

He arrojado al mar la gota que colmaba el vaso, esa lágrima insidiosa

Vi a un pez que se mordía la cola, no tenía prisa, iba poco a poco hasta que desapareció.

Me encontré una rama rota, con ella corrí al río, con fuerza le di un palo al agua y… nada, nada de nada, sigo en la más profunda miseria.

Apareciste en un abrir, y cerrar de ojos hizo que te desvanecieras

Con unos harapos viejos bien prietos y atados con cuerdas de cáñamo hice la pelota a mi jefe; de regalo. Él hizo la vista gorda como en un cuadro de Botero y yo, entonces, oídos sordos.

Entre la espada y la pared me vi. Primero hablé a la pared y no me hizo ni caso, luego convencí al espadachín para que depusiera su arma. Lo hizo condenando el ridículo refrán y dándome las gracias.

Departí con una gallina cobarde que hablaba como un loro, comía como un cerdo y era más pesada que una vaca; y es que estoy  como las cabras

En una novela rosa, el príncipe azul se puso colorado cuando a la princesa de punta en blanco le pidió el divorcio. Ella, que le pone verde a sus espaldas, accedió.

Yo puse mi granito de arena y ahí está, solo y sin compañía, un triste granito de arena. Aunque él piensa que he puesto la primera piedra.

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