¿Dignidad o alienación?

Por José Ignacio Mena

20/08/2017

Quiero poner en claro un concepto que nos tiene desorientados; una de esas afirmaciones que conforman el paradigma del ser humano civilizado, de la economía mundial y en consecuencia del bienestar de las personas. El trabajo no dignifica, no mueve el mundo, no es una obligación. Siempre hemos pensado que trabajar es la forma honesta, natural e ineludible de obtener dinero para adquirir bienes y servicios y por eso las personas trabajan la mayor parte de sus vidas y por eso perder el trabajo o no conseguirlo supone, además de una vergüenza social, un fracaso personal y una frustración. Pero en verdad no deberíamos medir el trabajo en función de la riqueza que nos proporcione, sino en la cantidad de bienes o servicios que produzca. Me explicaré. No tendría sentido tener una fábrica de automóviles que produjera más unidades de las que se pudieran vender, no se puede producir más ni menos de lo necesario sino lo justo. Por lo tanto, cualquier producción tiene un límite que dependerá de la demanda. Bien, imaginemos ahora que toda la producción de bienes materiales del mundo, se consigue mecanizar, cosa que pasará sin duda; serán cerca de un 60% en unos 20 años y el 100%, quizá, en 40. Sin embargo, la población mundial estará ahí, nacerá y no podrá trabajar, no será necesario, no habrá nada que hacer, salvo algunos trabajos de índole creativo o artístico. Qué ocurre ahora. El hecho de no trabajar será una condición natural, no podré ir a recoger tomates, porque una máquina robotizada ya lo estará haciendo, no podré fabricar unos zapatos porque otra máquina sin descanso los estará cortando, montando, cosiendo y embalando. No habrá forma de conseguir trabajo ni consiguientemente dinero para adquirir cualquier cosa. Por lo tanto, deberá cambiar la forma de entender el sistema productivo, desmitificar la razón del trabajo.

De alguna manera estamos trabajando hoy para crear un mundo más cómodo, Creamos un mundo mecanizado que nos permita no trabajar o trabajar menos y poder dedicar más tiempo al ocio sin perder el bienestar. Para conseguir este nuevo mundo, es necesario cambiar el concepto de trabajo. No ha de depender el bienestar del esfuerzo y de las horas trabajadas, sino de la producción. Es decir; construiremos vehículos más eficientes, más rápidos y más económicos reduciendo los costes de mano de obra o con máquinas autorreparables que se amorticen a muy largo plazo. Dispondremos de alimentos creados en una impresora biológica 3D instalada en las despensas de las casas. Lo importante no será trabajar sino tener los recursos suficientes para vivir sin hacerlo.

Por eso debemos pensar que hay que cambiar este modelo productivo por otro, quizá más cooperativo. Cuando un empresario sustituye a diez trabajadores por una máquina, lo hace para obtener un mayor beneficio de ese proceso; con él podrá reducir el precio y convertirse en más competitivo, o aumentar sus ganancias y convertirse en más ricos. –Ser más competitivo también es una estrategia para vender más o mejor y hacerse más rico– Pocas veces, el objetivo de una empresa es el bien común.

Imagina un pequeño negocio que construye una tienda virtual en internet, con lo que consigue unas ventas superiores a las de la tienda convencional. El aumento de ventas le permite prescindir de sus tres dependientes, cerrar la tienda física e incluso despedir al informático que hizo posible que esa ventaja se diera. Entre todos los trabajadores han conseguido mejorar las ventas a la vez que estaban cavando su propia tumba laboral.

Por todo esto, opino que la mecanización de los puestos de trabajo deberá estar grabada con altos impuestos que permitan mantener el nivel de vida de los trabajadores, que beneficien a las personas, a las sociedades y no a los intereses particulares del empresario que parece movido por la codicia y la avaricia.

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