Desenmascarando la empatía

Por José Ignacio Mena

03/06/2016

Sí nuestros criterios para valorar la vida, a veces no vale ni para juzgarnos a nosotros mismos, cómo pretendemos hacerlos valer para entender qué pasa por la cabeza de otros.Cuanto más empático eres, y más consigues empatizar en tus relaciones sociales, serás considerado mejor persona. Ser empático es un valor positivo, bien valorado.

Entendemos la empatía como la capacidad de identificarse con alguien, de ponerse en el lugar del otro, de sentir lo que otro siente. El empático sabe leer el lenguaje no verbal, el tono de voz, entiende la situación por la que pasan otros.

–Sé cómo te sientes, –Me alegra verte feliz.

Pero no nos engañemos, eso es profundamente falso, la empatía es un término de moda, un valor social y psicológico sobrevalorado y malentendido.

Desde el punto de vista neurobiológico, llamamos empatía al proceso que se desencadena de manera inconsciente en nuestro cerebro y que se encarga de excitar las neuronas especulares o neuronas espejo con el fin de aprender por imitación. Estas neuronas nos hacen bostezar al ver hacerlo a alguien y nos hacen sentir escalofríos al ver sufrir, sentimos alegría ante la alegrías de otros e incluso en ocasiones, nos lleva a tomar partido como si los acaeceres ajenos nos estuvieran ocurriendo realmente a nosotros. El cerebro considera lo que imagina, lo que siente, con el mismo valor que si ocurriera realmente.

En términos evolutivos, esta capacidad nos ha permitido aprender y automatizar de forma rápida y con un menor coste bio-energético, infinidad de tareas vitales para nuestro desarrollo y también fue útil para crear una especie de mente colectiva participativa en pro de la supervivencia grupal. Hasta aquí, la empatía tenía una razón de ser, pero hoy, que disponemos de un cerebro racional más avanzado, hacer caso a estas neuronas cuando se trata de entender al prójimo, produce graves errores de interpretación.

Nuestro cerebro intenta dar sentido, explicarnos el momento por el que está pasando el otro, el valor moral de los símbolos y mensajes que emite… Aquí está el fallo, cuando establecemos el significado de los datos que nos proporciona este grupo de neuronas que nos hacen creer que somos y sentimos como el otro, porque lo que realmente estamos haciendo es utilizar nuestro conocimiento, nuestra experiencia  y nuestra forma de pensar y sentir para establecer ese significado. Cada cerebro, cada persona está condicionada en la decodificación, en la interpretación de los sentimientos por todo un complejo entramado neuronal de pensamientos, principios éticos y condicionantes morales, construidos en base a las experiencias y creencias individuales. Ante la destitución de un político nefasto puedo creer que sienta vergüenza cuando probablemente esté sintiendo impotencia o incomprensión. como tampoco siente de la misma forma la muerte de un toro un antitaurino que un torero. Cada uno hemos vivido experiencias totalmente distintas, las hemos valorado diferente y tenemos diversos criterios sobre el significado del bien y del mal; por lo que la interpretación del estado anímico del otro, pasa siempre por el tamiz de nuestra propia forma de ser. Es decir que podemos saber cómo nos sentiríamos nosotros si estuviéramos en su situación, pero nunca cómo se siente realmente el otro.
Podemos sentir odio hacia el asesino de niños incluso aunque se trate de una película en la que realmente nada es cierto.
Sí nuestros criterios para valorar la vida, a veces no vale ni para juzgarnos a nosotros mismos, cómo pretendemos hacerlos valer para entender qué pasa por la cabeza de otros.

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