De oro y carbón

Por José Ignacio Mena

30/08/2017

  Sara había regresado a su pueblo natal, aunque desde que ella lo dejó se había triplicado la población y modernizado la industria y los servicios. Se había convertido en una urbe realmente moderna y cosmopolita. Se marchó con poco más de veinte años y al principio venía de vez en cuando; luego fueron sus padres los que la visitaban. Ahora haría unos quince años que solo se veían por videoconferencia. Todo había cambiado; como en casi todas las ciudades, apenas quedaba comercio tradicional, las medianas y grandes superficies copaban el mercado, el asfalto tapó los caminos de tierra y las calles empedradas y las luces tenues dieron paso a carteles luminosos y semáforos inteligentes. La gente, incluso parecía más alta, quizá más abierta y vestía distinto. En su camino desde la estación intermodal, recién inaugurada, a la casa de sus padres, se topó casi de bruces con un antiguo novio; el único formal que tuvo en el pueblo. Él andaba en dirección opuesta, hacia la estación y con prisa, quizá perdía el mismo tren que ella dejaba. Ambos se sorprendieron y al unísono se les erizó la piel y en perfecta coreografía giraron la vista en dirección al disimulo. Era el último hombre con quien hubiera querido encontrarse y sin embargo fue el primero. Aquella relación acabó muy mal, él la tachó de ausente, desapegada y distante mientras ella lo dejó por posesivo, incisivo y exigente. Quizá fuera el culpable de que se marchara del pueblo tan joven. El caso es que entre sus diferencias y el consejo entrometido de su joven pandilla, no terminaron nada bien.

Unos pasos más allá, todavía rumiando el mal recuerdo, vio sentada en un bar, sola, a Rocío, su amiga de la infancia con la que todavía mantenía una buena comunicación. Rocío contaba con frecuencia las que quizá fueran sus mejores vivencias infantiles en compañía siempre de Sara; podría decirse que juntas se iniciaron en el arte de vivir. Con histérica alegría se detuvo unos minutos en su trayecto, ambas se observaban el paso del tiempo, hablaban a la vez sin escucharse, cogidas de las manos, embargadas por la alegría de haberse encontrado nada más llegar. –Nos vemos luego, tengo tantas cosas que contarte. –Claro. –Hasta luego. –Hasta luego.

Junto a la casa de sus padres, a la que tenía ganas de llegar para descargar su equipaje y desembarazarse del agobiante calor húmedo que le acompañaba desde la estación, estaba la iglesia del pueblo y casualmente el párroco anciano, el de toda la vida, salía por la puerta principal. Se le quedó mirando. Ella no le tenía ninguna estima. De joven siempre estaban en desacuerdo con casi todo, incluso tenía grandes dudas de la existencia de Dios, pero le debía un respeto por ser intimó amigo de sus padres. –¿¡Sara!? ¿eres Sara? –Sí Don Julián, he venido a ver a mis padres. –Muy bien hija, estarán encantados; te echan tanto de menos. Cuántos años sin verte. Que guapa estás, te has convertido en toda una mujer. –Adiós, Don Julián. Esta fue la conversación formal que se escuchó, aunque en sus pensamientos fue bien distinta. Se formaron, sin duda, frases como. –Mírala, ahora vendrá a sacarles algo a sus padres, y con qué aires de “libertina” viene.
–Que puta casualidad que salga el cura carca este, justo ahora. A su edad, debería estar jubilado y dejar de comerles el coco a mis padres para siempre.

Por fin en casa. –Hija mía, que alegría verte, ¿Cómo estás? Cuéntanos, ¿te quedarás mucho tiempo? Tu hermano está a punto de llegar, ahora es director de la sucursal y sale un poco más tarde. ¿Quieres comer algo? estarás cansada.

–Mamá, me voy a duchar y luego tranquilamente os cuento cosas. ¿vale?

–Claro hija. En el armario del pasillo hay toallas limpias.

–Hola papá. –Hola hija, bienvenida a casa. ¿Estás bien? –Sí, bien, gracias.

En un breve recorrido hemos conocido a una chica despegada de la familia, incapaz de establecer una familia; huidiza y cobarde, amiga de pocos, enemiga de muchos, atea y poco cariñosa

Pero a menudo, la apariencia y el perfil que se dibuja de la gente nada tiene que ver con la realidad. Sara dejó a su joven novio porque, aunque ella no lo sabía, estaba enamorada de Rocío, pero nunca se atrevió ni siquiera a planteárselo, incluso pensaba que eso era imposible. Se sentía presionada por sus padres para mantener el noviazgo, con aquél joven que parecía un buen partido, le podía ofrecer la estabilidad vital que sus padres soñaban para ella, una vida estándar, sin sobresaltos. Se sentía muerta y le preguntaba a la vida si esa era la manera natural de sentir, si los amantes padecían su misma angustia. Se vio agobiada por su novio, al que no podía corresponder, sin saber por qué; introvertida y distante de sus amigos, que por su reincidente traición a los esquemas que establecían la dirección y el camino “correcto”, discrepaban prácticamente en todo. Le oprimía también su inmadura capacidad para destronar intelectualmente al párroco, que contaba con el comodín de la fe y el apoyo incondicional de sus padres. El inexplicable conformismo social, espiritual e intelectual que respiraba cada día se enquistó en su ser. No podía explicarlo, pero estaba segura de ser víctima de un encorsetamiento moral y ético que querían imponerle a base de tradición y fe, coartando su libertad de pensamiento y obviamente de expresión y de decisión. Vivía rodeada de cariño y buenas intenciones, pero por razones equivocadas. Otros jóvenes, embargados por un desconsuelo vital similar, quizá hubieran puesto fin a su vida, o hubieran claudicado perdiendo su personalidad y sus sueños. Pero ella quería, sabía que debía salirse de ese camino forjado por la costumbre y la iglesia y optó por marcharse, por huir a una ciudad donde pasar inadvertida, donde nadie determinara su camino.

Para su exnovio fue una chica rara, rebelde desapegada y poco cariñosa. Para la pandilla fue la oveja negra, inconformista y derrotista. Para su amiga un pilar de su vida, inteligente y atrevida. Para el párroco una perdida, indomable y mala influencia. Para sus padres rebelde, lista, desapegada y osada, pero sin embargo ella no tenía nada que ver con la imagen que proyectaba. Se sentía introvertida, dudosa, curiosa, dulce, humilde y soñadora. O al menos así se entendía en la última hoja de su diario.

“Hoy vuelvo a casa de mis padres, les hecho mucho de menos. Quiero volver a mi vida original ahora que he aprendido a ser yo misma. Quiero retomar mi relación con Rocío, ella también mostraba ganas. Quiero sentirme viva y darle valor a lo que siento y pienso. Seguir las pautas establecidas es fácil y cobarde; plantearse la vida con tu propia perspectiva es humano, valiente y te hace sentir que vives. Voy a encender la noche y apagar el día, pondré los puntos sobre las íes y las jotas. Voy a demostrarle al mundo que me rodea, eso, que me rodea, y quien quiera escucharme que deje de juzgarme y juzgarse para poder entender que en mi discurso no hay dogma sino libertad, que no hay intencionalidad sino ejemplo, que no hay interés sino altruismo y que no hay verdades sino dudas. Se acabó eso de ver pasar la vida sin tomar partido”

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