Cinco mil millones de años

Por José Ignacio Mena

27/01/2019

Hoy hace doscientos cincuenta años que el MIT (Massachusetts Institute of Technology) secuenció los estados de las neuronas del cerebro humano. Es chocante recordar cómo era el mundo antes de esto: había gente que moría de vieja, que sufría enfermedades biológicas y padecía dolor físico; el dinero y la avaricia dominaban en un mundo de odio, guerras, clases sociales…; sin duda debió ser un infierno vivir antes del siglo XXII.

—Buenos días Jairda. —Se escuchó nada más entrar en la sala de transferencias de la UCP.

—Buenos días, ya sé que hoy no es día de transferencia, pero venía a hacer una petición personal. Mi pareja se incorporó, hace unos días, a la UCP… pero claro, eso ya lo sabéis. El caso es que he decidido buscar una nueva pareja para mantener una relación larga, preferiblemente intelectual. Creí que podría estar sola, pero no, no me acostumbro.

—Muy bien. Siéntate, pónte el casco y relájate. —Así lo hice, no era la primera vez que buscaba pareja allí. Conocía el protocolo y la rapidez con la que te encontraban a alguien con quien compartir la vida física; por lo demás, todo era igual que siempre: la misma voz, el mismo sillón, e incluso el casco, uno de esos que se habían utilizado toda la vida para neuroimagen, pero con mucha más resolución e inalámbrico—.

—Gracias. ¿Está buscando a alguien físico o solo mental?

—Físico, de carne y hueso por favor. —La verdad es que era el miedo el que me mantenía en esa condición de vida biológica. Si me hubiera atrevido a buscar a alguien mental únicamente, podía haberme incorporado a la Unidad, de forma definitiva, como hizo mi pareja anterior, toda la información de mi cerebro se hubiera digitalizado y se me hubiera otorgado una identidad con la que poder identificarme dentro de la Unidad y seguir siendo la Jairda de siempre. Pero aquella decisión era irreversible y quizá eso era a lo que más miedo tenía; además, creo que todavía me quedaban muchas cosas por descubrir y mucho que aportar antes de desechar mi parte física.

—Calle 36, unidad 34-55-A —dijo de repente la voz de la UCP sacándome de mis pensamientos—

—Gracias. Muy amable. ¿Puedo ir ya?

—Sí, ella suele pasar el día en su unidad.

—Ah, ¿cómo se llama?

—Dakota.

—Gracias, gracias.

Jairda era una muchacha joven, solo llevaba tres años en su ciclo estable. Este se alcanzaba aproximadamente a los 30 años de nacer, cuando todos los órganos llegan a un estado de desarrollo complejo y sostenido. A partir de esta edad ya podían incorporarse a la UCP —Unidad Central de Pensamiento— o seguir viviendo físicamente hasta que quisieran. No tenía que preocuparse de nada, todas las necesidades básicas de supervivencia estaban garantizadas, incluso la salud. Podía mantenerse con el mismo aspecto durante trescientos años o incluso más.

Jairda vivía recogiendo información, principalmente imágenes, para lo que debía mantener la atención en todo tipo de situaciones que pudieran aportar conocimiento nuevo al UCP. Así su agenda estaba saturada de excursiones, viajes y convivencias, ya que lo más importante, además de las imágenes era la significancia de estas para ella, qué sentimientos provocaban y cómo los interpretaba. Estos pensamientos o sentimientos que iba almacenando, de tanto en tanto los incorporaba a la UCP. Esta era, si acaso, su razón para vivir.

Jairda llegó a la unidad doméstica de Dakota; 34-55-A. Una torre estándar de viviendas, sin alardes arquitectónicos; una construcción meramente funcional. Era un poco diferente a otras por tratarse la planta más alta, a 160 metros del suelo, con interesantes vistas. Desde la calle, se entraba directamente en el ascensor, que se movía en vertical y horizontal para dar servicio a las más de cien torres que conformaban aquél complejo doméstico. En apenas unos segundos, desde la entrada, Jairda estaba en la puerta de la que podía convertirse en su nueva pareja.

—Hola, tú eres Jairda, me han dicho que vendrías hoy, pero no pensé que sería tan pronto… pero perdona, pasa, pasa y ponte cómoda; estás en tu casa.

—Hola, Dakota. ¿Llego demasiado pronto? ¿Quieres que vuelva más tarde? A lo mejor te he interrumpido algo… —en su nada habitual tartamudez se podía apreciar su nerviosismo—

—Qué va, calla, me paso el día aquí, me dedico a la botánica y mi tiempo se consume entre plantas y productos químicos. ¿Te gustan las plantas?

—Las flores, me gusta la naturaleza en general, pero sobre todo los colores.

—Ven, déjame enseñarte mi jardín mientras recojo lo que estaba haciendo.

En la azotea de la casa, Dakota tenía un inmenso invernadero lleno de miles de especies de plantas florales y desde este tenía acceso a decenas de azoteas colindantes con otras especies de plantas y árboles.

—Esta es mi afición, recojo datos para aportar a la UCP.  Tenía pensado incorporarme en un par de años… bueno, eso era antes de que tú vinieras, claro. Pero cambiando de tema. Tendrás hambre, son más de las dos. ¿Quieres que pidamos algo especial? ¿Qué te gusta?

Jairda y Dakota empezaron una larga conversación atropellada, ambas querían saber todo de la otra, les hubiera encantado poder comprimir el relato de su vida en una hora. A cada instante de la conversación encontraban afinidades que las acercaban física y espiritualmente. No durmieron esa noche, su conversación se alargó hasta el amanecer, al que llegaron sin apenas apercibirse de que habían pasado mucho tiempo desde que se conocieron. La compenetración fue completa, estaban hechas tal para cual.

El sistema de interrelación de la UCP no se equivocaba nunca, con ningún tipo de relación humana, al menos en lo que concernía a los primeros meses de convivencia. Cuando el tiempo se iba dilatando, la propia relación podía establecer variables que creaban diferencias impredecibles, pero en esos casos normalmente se procedía a seleccionar una nueva pareja o bien se sometían a una terapia de alto rendimiento con la que se solucionaba el distanciamiento emocional.

La Unida, contaba con la información más compleja del universo, decillones de datos provenientes de todas las bases históricas del mundo y la información recopilada de todos los cerebros que incorporaron su conocimiento a la Unidad desde su fundación. Al principio un complejo algoritmo ponía en orden toda la información y ofrecía, a complejas preguntas, resultados realmente asombrosos tanto para cuestiones cotidianas como científicas. Lo más difícil fue descifrar cómo cada humano codificaba de forma distinta cosas iguales; lo que hizo del proceso de unificación un trabajo costoso y relativamente lento. Poco a poco, la propia unidad elaboró algoritmos más complejos y rápidos, con lo que se creó una inteligencia, por su variedad y velocidad de procesamiento, que hasta hoy hubiera sido inimaginable.

—Mañana tengo que salir para la India, voy a un estado que se llamó Uttarakhand en la cordillera del Himalaya Occidental. He de recoger sensaciones de unos parajes impresionantes y fríos; claro de allí. ¿Te quieres venir conmigo?

—Nada me gustaría más. Claro que quiero vivir contigo esa sensación. Yo estuve una vez allí, en el Valle de las flores, te encantará la diversidad y la belleza de la flora alpina y su entorno.

Jairda y Dakota se hicieron inseparables, parecían un solo pensamiento y un solo cuerpo en todos los sentidos. Jairda aprendió biología y botánica y Dakota a mirar y sentir de otra manera.

A los pocos años de la primera digitalización cerebral, se llegó a descubrir que las emociones, las sensaciones y los sentimientos estaban formados por pequeñas unidades de memoria independientes del relato de la experiencia que los causó; este a veces, incluso se olvida y solo queda la valoración posterior. Realmente, el ser humano puede creer que conoce a alguien sin haberlo conocido, simplemente activando el espacio de memoria que certifica esa sensación con la intensidad adecuada, aunque no podría, lógicamente, relacionarlo con ninguna experiencia real. Igualmente se puede activar o desactivar la sensación de hambre, miedo o pena, o programar la autoestima, la sensación de frio o la lujuria. Con este principio, en el interior de la Unidad Central de Pensamiento, se dispuso un mundo paralelo de inmortalidad. Desde su creación, se estableció que, a cada cerebro, o a cada ser humano que accedía como miembro a este enorme centro de conocimiento, le correspondería un espacio mínimo de autodefinición, unos pocos qubit de memoria que representaban la individualidad. En la memoria corriente, conceptos como montaña, pez o lápiz, por ejemplo, se almacenaban de forma comunitaria y todos los individuos tenían conexión a las mismas electroneuronas —que así se llamaban las unidades semi complejas de información que contenían conceptos, ya que, el concepto silla, por ejemplo, interactúa con otros conceptos como son, las distintas formas físicas, sillas de una, tres o cuatro patas, los colores, su utilidad y la relación con otros conceptos como, mueble, madera, hierro, etc.—. Otras unidades de información más complejas, también se almacenaban para el uso comunitario, como pueden ser las sensaciones y las experiencias. Cualquier individuo podía creer que había tenido vértigo al volar en globo o rememorar el sonido y humedad de la visita a las cataratas de Iguazú, aunque no hubiera estado realmente nunca allí; solo había que establecer conexiones con esas experiencias. Algunos individuos practicaron la sensación de paternidad, consiguiendo un espacio de autodeterminación extra para lo que llamaron niños virtuales que a su vez podían generar sus propias experiencias practicando interconexiones neuronales, con lo que el número de individuos fue creciendo de forma exponencial hasta poner en peligro el aparentemente inagotable espacio de memoria cuántica; incluso hubo que instaurar un pseudo control de natalidad. Los que quisieran experimentar esta sensación, lo tendrían que hacer combinando las experiencias existentes.  Al final esa macroconciencia, que podía ser interpretada por cualquier individuo, resolvía todos los problemas de la vida cotidiana de los humanos y trabajaba internamente para crear nuevas sensaciones vitales, encontrar respuestas a las preguntas más difíciles y determinar la propia razón de ser.

Al principio, los humanos en su forma primigenia, servían a la unidad para enriquecer la información del sistema, proporcionando nuevas imágenes del mundo, sabores, olores, etc. y para mantener el sistema en funcionamiento, ya que la necesidad de energía era vital. Pero pronto la Unidad instruyó a los humanos para crear un sofisticado sistema de energía inagotable y diversos sistemas de recolección de información mediante cámaras y micrófonos que recorrían el mundo en una especie de drones que igualmente se alimentaban de esta energía inagotable. Parece relativamente posible pensar que existiera un sistema autosuficiente, en el que la conciencia humana digital subsistiera y disfrutara de una “vida perfecta” donde pudiera determinar su singularidad, apropiarte de experiencias ajenas y modificarlas; aprender a pilotar un submarino en un segundo y sentirse feliz y melancólico a la vez. Este sistema, ni en sus inicios, se percibió como una amenaza de las máquinas sobre los humanos, ya que la conciencia, el conocimiento y la fórmula de pensamiento correspondía enteramente al ser humano, era más una prolongación del ser que una irrupción.

Jairda y Dakota, vivieron muchos años de viajes y compartieron grandes experiencias en todos los ámbitos de la relación, hasta que un día la Unidad Central de Pensamiento las requirió para que se incorporasen a la digital y definitivamente, ya no eran necesarias sus aportaciones, ya todo se podía generar sin ninguna intervención física. Hacía años que prácticamente ningún humano aportaba nada nuevo y poco a poco se fueron integrando. Se decidió que las posibles nuevas y pequeñas sensaciones con las que pudieran contribuir los humanos biológicos, no serían relevantes frente al esplendor encontrado en las respuestas a grandes preguntas universales en el seno de la inteligencia global. Así que se les ofreció la oportunidad de convertirse en información pura, de digitalizar sus pensamientos y otorgarles su espacio de soberanía correspondiente.

Todo lo que existía en el mundo físico estaría en el mundo digital, incluso podrían disfrutar de las experiencias de otros y de todo el conocimiento universal; no encontraron argumentos ni razones para permanecer en un mundo cada vez más inhóspito. Los ingenieros y trabajadores también habían acabado su trabajo de autosuficiencia y seguridad de la unidad.

Nada les ataba allí. Jairda, que era al más aferrada al mundo real, hacía años que sabía y comprendía que la memoria colectiva de la Unidad era una buena “vida eterna”. Con apenas una mirada y una sonrisa cómplice, sin mediar palabra, aquella misma semana accedieron, convirtiéndose en los últimos humanos de carne y hueso que poblaron la tierra. Ahora serían también inmortales.

Ahora bien, cuando hablamos de inmortalidad el tiempo infinito se acorta. Todo lo que pueda pasar pasa antes o después.

Ya no había nada que hacer, habían pasado cuatro mil millones de años, ya no había información exterior, la tierra estaba desolada y la Unidad Central de Pensamiento, de alguna forma empezaba a colapsarse; todos los individuos sabían todo y habían disfrutado de todas las experiencias posibles, incluso de las más cercanas a la muerte. La imaginación, que estaba basada en el entrecruzamiento de ideas divergentes había sido explorada en todas las formas posibles. Podíamos decir que el pensamiento se había saturado, había llegado a su fin y ahora todos ansiaban, de alguna manera, la desconexión, que era la única experiencia que no habían probado. Pero la desconexión era imposible, ya que no quedaba ningún humano físico para llevarla a cabo y los sistemas habían sido diseñados y calculados para evitar eso mismo. Habría que esperar algún millón de años más para que la tierra fuera engullida por el crecimiento natural del sol hacia su transformación en una gigante roja, y venciera así a los robustos sistemas de refrigeración fundiendo definitivamente la UCP.

Durante la espera de esa agonía deseada, se redactó y transmitió mediante una especie de onda gravitacional cuántica, un decálogo de la vida para que pudiera ser descubierto y quizá entendido por algún nuevo ser inteligente que habitase algún lugar del universo.

  • El Universo puede ser solo una ilusión del pensamiento
  • Los sentidos forman parte de esa ilusión
  • Saberse mortal es imprescindible para la felicidad
  • La felicidad es un estado de ánimo
  • Para conocer la felicidad hay que conocer también la infelicidad
  • Todo estado de ánimo tiene su opuesto
  • Los sentimientos pueden ser transformados por la razón
  • El instinto de supervivencia es esencial para desarrollar la vida
  • El sentido de la vida es la exploración constante
  • El infinito crece en la medida que se va midiendo
  • La muerte no existe

Antes de la inevitable desintegración de la unidad, Jairda invirtió el estado de las neuronas que señalaban que todo estaba probado, esa que indicaba que ya se conocían todas las respuestas. Un hálito de juventud invadió entonces aquella longeva mente global volviendo a sentirse inmarcesible. Ahora el tiempo que calculaban hasta la termofusión parecía escaso, ahora todo adquirió un nuevo sentido, empezaron a replantearse todas las respuestas que ya tenían con el convencimiento de que les faltaría tiempo; sintieron, entonces, urgencia por vivir cada instante; quizá porque ahora sabían que indefectiblemente tenían los días contados; temían a la muerte.

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